De todas las ciudades, esta es la que más trabajo me ha costado comprender.
Toda ella parece no querer que la entiendas, taciturna, inescrutable. La ciudad se despliega de manera desordenada y aleatoria, aplastada por años y reglamentos. Las cámaras vigilantes a cada esquina son testigos de todo menos de lo que pasa realmente. Una ciudad tan rebelde como sus habitantes. Parece reírse con un aire de cinismo de su propio intento de perfección, desde los artistas hasta los corredores de la bolsa cargan con el mismo secreto, nada es lo que es, nada es lo que vemos.
El ladrillo café de la vieja ciudad recuerda todo lo que ha pasado, los lugares no olvidan. Desde las primeras guerras medievales, hasta la primera y la segunda guerra mundial, los movimientos de los años 60's y 70's, hasta los últimos años están grabados en el vacío que une cada edificación. Ese vacío contiene una espesa atmósfera de resistencia contagiosa, al respirarla incita a la anarquía, te embriaga hasta dejarte con las ganas de ser eso que no puedes ser cuando el mundo te está viendo.
Siento hacia ella una atracción y un vértigo que me deja confusa. Uno puede querer estar ahí para toda la vida y al mismo tiempo querer salir corriendo sin mirar atrás.
De las cosas más impresionantes en el momento de mi visita (un par de meses después del referendum que llevó al Brexit) es que sin pensarlo dos veces, me parece la ciudad más multicultural de Europa.
No existe un "tipo" de londinense. No existe "algo" ni "alguien" como entre individual que pueda definir la ciudad. Ahí reside su complejidad y su riqueza.
Es londinense el rascacielos como lo es la casa de ladrillo. Un Kebab puede ser tan londinense como una hamburguesa o un plato de "fish and ships". Es igual de londinense el musulmán, el católico el protestante y el judío. Es tan londinense el que tiene padres asiáticos, como el que tiene padres marroquíes o argentinos. Es igual de londinense el rubio flaco que el moreno alto y la pelirroja chaparra. Y a pesar de tener su propio sistema métrico, su complejísimo sistema vial, su propia moneda, me sigue pareciendo la ciudad más diversa en la que he estado en toda mi vida.
¿Cómo es que en un país con una capital tan rica en diversidad (vivo ejemplo de cómo debería de funcionar una sociedad multicultural a nivel mundial) haya permitido que por medio de un referendo se cerraran sus puertas?
Un retroceso de cien años en la historia del progreso inglés. Una ciudad dónde se respira la rebeldía, la tolerancia quedó manchada por el miedo de algunos.
Y firmemente creo, como simple espectadora externa de esta cautivadora y mordaz ciudad, que el miedo y la intolerancia fueron a tocar a la puerta equivocada. Viva evidencia de la resistencia, y la gloria, se está gestando en los rincones de Londres una nueva razón para salir a las calles a pelear por el derecho del mundo, a ser londinense.









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