domingo, 23 de febrero de 2014

Creer, Motor Humano

Creer, Motor Humano

“Si cambiamos la forma de ver las cosas, las cosas cambian de forma. Creer es crear”
-Filosofía Maya-

En la filosofía Maya, cualquier elemento externo a nosotros (los animales, las cosas, las demás personas, la tierra, el cosmos…) se consideraba que era poseedor de un corazón y que por lo tanto gozaban y sufrían como nosotros (siendo nosotros el sujeto que está
percibiendo todo lo demás).

Consideraban al universo como una unidad.

En el texto de Fernández Christlieb, El Conocimiento Encantado, nos menciona un tipo de Epistemología que resulta esencial y puede que sea exactamente la base de el acto mismo de creer.
En la Epistemología del encantamiento, Christlieb habla de un intercambio, un especie de acuerdo mutuo entre el sujeto y el objeto:
“Nosotros somos la realidad, porque la realidad es nosotros entonces la vida se cumple, tiene sentido, vale la pena por el solo echo de saber que uno pertenece a ella, contribuye a ella (…)”.

Pero para lograr este intercambio, este entendimiento, es necesaria una tregua entre sujeto y objeto. No se trata de simplemente pasar a ser parte el uno del otro, es necesario atribuir al objeto una parte de nosotros para así recibir parte de él, es creer que el objeto es algo más que simplemente un ente ajeno a nosotros. Es, de cierta forma, otorgarle vida. De la misma forma que los Mayas le otorgaban vida a todo el universo, el acto de creer, es otorgarle sentido a cosas de carecen de él.

Según la RAE, Creer es “Tener por cierto algo que el entendimiento no alcanza o que no está comprobado o demostrado.”
Es esta misma cualidad la que nos caracteriza, la que nos vuelve humanos. La capacidad de darle un sentido a las cosas, de atribuirles algo más que lo que simplemente podemos percibir con nuestros sentidos.

Entonces, ¿Qué es lo que vuelve tan necesario el acto de creer en algo?

Creer, no se reduce solamente a tener una fe religiosa, o creer en un ente superior que tiene el control sobre la fortuna del universo, se puede creer en ideas, en personas, en reglas invisibles, en el futuro, en una nación.

Son innumerables las cosas en las cuáles un ser humano busca creer, pero ¿Para qué?
Porque necesitamos un sustento.

Lo explicaré de esta forma. A mitades del siglo pasado, aparece un personaje que hará a la gente cuestionarse acerca de las razones de su existencia. Jean Paul Sartre es un existencialista ateo, que se refiere a al ser humano como un ser para la nada. “Los seres humanos estamos condenados a la libertad”, refiriéndose a la libertad como un vacío en el cual flotamos desde el primer momento que llegamos al mundo. No existe un razón específica por la cual estemos aquí, ni una razón por la cual debamos seguirlo estando.
Esta sensación de angustia, este vacío es exactamente por lo que los humanos sentimos la necesidad de creer en algo.

Por otro lado tenemos un diferente tipo de existencialismo el cual se articula en la búsqueda de sentido. Soren Kierkegaard pensaba que cada persona debe escoger su propio camino en el cual creer, descartando normas y criterios universales o culturales.
“Debo encontrar una verdad que sea verdadera para mi… Por la que pueda vivir o morir”.
Este tipo de existencialismo se acerca más al punto que quiero probar, en el cual los seres humanos viven en una constante búsqueda, movidos por lo que creen.
Los seguidores de Kierkegaard decían que las cosas más importantes de la vida no son accesibles a la razón o a la ciencia. Por lo tanto, no pueden comprobarse con un método científico, y a veces ni siquiera pueden ser vistas. Y sin embargo, estos pilares invisibles, han sostenido a la humanidad desde sus orígenes.

En un texto de Danièle Hervieu-Léger, nos es explicado cómo ha evolucionado la forma de creer de las personas, y cómo funciona hoy en día la fe de los seres humanos.
Aquí es dónde nos encontramos caminando sobre hielo fino.
En este mundo globalizado, todos nos hemos vuelto un híbrido de culturas. Lo podemos notar desde nuestro aspecto físico dictado por la publicidad estadounidense y europea, nuestro régimen alimenticio que es una combinación entre la comida local, fideos chinos y pasta italiana; o también nuestra manera de pensar, influenciada fuertemente por el cine y el internet.

Todos estos cambios no nos afectan solo superficialmente, nos hemos vuelto también un combinación de creencias. Podemos celebrar la navidad, pero también ir a clases de meditación budista y leer revistas acerca del feng shui. Estamos bombardeados por infinidad de modelos de vida, creencias y corrientes filosóficas. Nos encontramos frente a un acordeón de opciones interminable, el problema es que aquí pasa algo parecido a lo que hablaba Sartre acerca de las opciones infinitas de las personas, estamos condenados a esta libertad abrumadora en la que si todo tiene valor, si todas las creencias son válidas, por lo tanto ninguna lo es. Entonces nos estamos convirtiendo en unos seres nihilistas, confundidos y abrumados por la carencia de sentido en nuestras vidas aparentemente superficiales, forjadas por una cultura homogénea y difusa.

Hay una historia, que resulta ser una de mis favoritas, que podría aclarar un poco más el tema de la confusión que nubla nuestro horizonte.

En La Historia Interminable, Michael Ende relata la historia de cómo dos personajes, Bastian un niño callado y soñador, y Atreyu un niño que vive dentro de una historia en un mundo llamado Fantasía deben juntos salvar a la Emperatriz Infantil, la suprema autoridad en Fantasía. Un extraño mal que llaman la nada se está esparciendo por todo Fantasía arrasando con paisajes y habitantes, pero este mal no solo está acabando con Fantasía, si no que al mismo tiempo está poco a poco quitándole la vida a la Emperatriz Infantil.  
Encontré un extracto de un parte de un capítulo en el cual Atreyu se encuentra hablando con Gmork, un hombre lobo encadenado en un pueblo desolado mitad comido por la nada.
“- Fantasía no tiene límites...
- Eso no es cierto, ¡mientes!
- Niño tonto, no sabes nada de la historia de Fantasía. Es el mundo de las Fantasías humanas. Cada parte, cada criatura, pertenecen al mundo de los sueños y esperanzas de la humanidad. Por consiguiente, no existen límites para Fantasía...

- ¿Y por qué está muriendo entonces...?

-Porque los humanos están perdiendo sus esperanzas y olvidando a sus sueños. Así es como la Nada se vuelve más fuerte.
- ¿Qué es la Nada?
-Es el vacío que queda, la desolación que destruye este mundo y mi encomienda es ayudar a la Nada.
- ¿Por qué?
-Porque el humano sin esperanzas es fácil de controlar y aquél que tenga el control, tendrá el Poder.”

Entendamos que Fantasía es la mente y la memoria de cada uno de nosotros, donde almacenamos todo lo que somos, lo que soñamos, lo que creemos. Un reino donde la Emperatriz Infantil somos nosotros mismos.
El problema es que, cuando empezamos a renunciar en nuestros sueños, a no creer en nada ni en nadie, a perder la esperanza, es cuando la nada comienza poco a poco a apoderarse de nosotros. No solo le borra lentamente el sentido a nuestras vidas, y nos hace caer en un vacío y una confusión angustiantes, también nos está matando a nosotros.
Acabamos por convertirnos en unas carcazas vacías, manipulables y corruptibles.
Por esta razón los medios de comunicación y la publicidad pueden dictar nuestra forma de vernos, de pensar o de actuar.
Si no tenemos sueños ni esperanzas, entonces no creemos en nada, y no hay ningún tipo de principios ni de moral que no podamos cambiar según como la situación nos convenga.
Esto nos hace sentirnos inestables, buscamos sustento en cosas que a final de cuentas son volátiles, otras veces se puede caer en fanatismos, donde hay un líder que es el único que piensa y cree en algo, mientras que todos sus seguidores son, como lo dije antes, carcasas vacías listas para que el mejor postor llegue a llenarlas de lo que se le antoje. O en el peor de los casos, la vida tiene tan poco sentido, que simplemente decidimos que no vale la pena seguir viviéndola.
Entonces volvemos a la misma pregunta que en un principio ¿Es necesario creer en algo?
Yo opino que sí. Pero hay algo que debe quedar claro, creer no es simplemente cogerse de una idea para evitar caer en la nada. Tampoco se trata de que el que tiene la mayor colección de prácticas religiosas, filosofías, sueños y maneras de pensar estará viviendo una vida feliz y llena de sentido.
No hay una forma correcta y universal de creer, ni una creencia más valida que otra. Es tal y como lo diría Geertz acerca del sentido común, depende de numerosos factores de contexto y evidentemente del sujeto que esté emitiendo el juicio.
Creer es un reflejo de nosotros mismos, el acto de la fe, comienza con algo que resulta evidente pero a la vez difícil de ver a simple vista: creyendo en nosotros mismos.
Si creemos en nuestros sueños, en nuestras esperanzas y en nuestros deseos, si creemos en nuestro futuro, en las demás personas, en nuestra libertad entonces estamos forjando una creencia auténtica, que sale de nuestra esencia.
Y creo que puedo entender esto como algo parecido a lo que hablaba Kierkegaard acerca de encontrar una idea por la cual podríamos vivir o morir.

Yo soy una estudiante de arquitectura, apenas tengo diecinueve años, y considero que aún estoy pasando por un proceso en el cual estoy definiendo qué es en lo que creo.
Hace algún tiempo, comencé a cuestionarme mucho acerca del sentido que tenía mi vida. No digo que no lo siga haciendo de vez en cuando, creo que es bien sabida la inestabilidad emocional de una persona de mi edad. Pero creo que después de tremendas reflexiones, confusiones y de vez en cuando angustias, comprendí que el sentido de la vida era algo mucho más fácil de lo que creía.
Empecé primero, por creer en que lo efímero y lo simple, era casi siempre lo más hermoso.
Mi flor favorita es el tulipán, y siempre había querido que alguien me regalara un tulipán. Finalmente un día recibí mi primer tulipán, era precioso, de tonos anaranjados que se obscurecían conforme se acercaban a la punta de los pétalos. Contrastaba perfectamente con su tallo verde claro y se veía de maravilla sobre mi escritorio a un lado de mi silla anaranjada. Dos días después, llegué de la escuela y me acerque a revisar mi tulipán, y cuando le pase un dedo encima un pétalo para acariciarlo, todos los pétalos cayeron al piso.
La misma sensación que cuando sentía una punzada en el corazón porque veía un atardecer impresionante desparecer arrastrado por la noche, o cuando veía lo que pareció ser en su época una hermosa casa, estar ahora abandonada y llena de grafitis.
Pero fue cuando vi los pétalos anaranjados esparcidos por el piso que comprendí que el tiempo de la flor había terminado, pero que durante los dos días que estuvo decorando mi cuarto, me llenaba de una sensación agradable, algo que me hacía querer sonreír.
Yo creo en que todo tiene su lugar en el espacio y el tiempo, y si decidí ser arquitecta, es porque creo que es un manera de expresar lo que creo, porque la arquitectura es un pedacito de espacio que evidencia el paso del tiempo. Lo congela, y en silencio le cuenta su pasado a quien quiera que la recorra.
Supongo que de esto se trata creer, en darle un sentido a la vida y que a su vez la vida nos de un sentido a nosotros. Nos movemos por esperanzas y sueños, y en lo que creemos, es nuestro motor, que nos hace avanzar sin perder de vista lo que buscamos, ni siquiera cerrando los ojos.
Y mientras tengamos algo en que creer, este motor nunca va a detenerse.
"Las pasiones humanas son un misterio, hay gente que se pasa la vida escalando montañas sin poder explicar por qué."
-Michael Ende-

María Inés Vachez Palomar








Bibliografía y Fuentes:

-El Conocimiento Encantado, FERNANDEZ CHRISTLIEB Pablo.
-El Sentido Común como Sistema Cultural, GEERTZ Clifford
-Algunas Paradojas de la Modernidad Religiosa, HERVIEU-LÉGER Danièle
-La Historia Interminable, ENDE Michael

domingo, 16 de febrero de 2014

Vida Transparente

"El ser humano cree como respira: Para sobrevivir."

La mayor diferencia entre un ser humano y los demás animales, es su conciencia. 
Está consciente de que piensa, de que siente, de que recuerda e inventa. Al ser poseedores de tal grado de conciencia, nos sentimos abrumados. 
Está en nuestra naturaleza cuestionarnos, tratar de entenderlo todo, pero cuando nos damos cuenta que la vida es un misterio, que el espacio y el tiempo son algo efímero e intangible, sentimos que estamos flotando en el vacío. Nos asustamos, ¡nuestra existencia debe de tener algún sentido! O al menos eso queremos creer... 
¿Qué es creer en algo? Es depositar nuestras esperanzas en algo, en alguien. Es una idea que nos hace sentir que cuando cerramos los ojos no desapareces, tenemos un lugar en el mundo y una razón para habitarlo. 
Desde el principio de los tiempos, los humanos han creído en fuerzas sobrenaturales que traían la lluvia a sus campos, que lanzaban relámpagos por las nubes o que derretían la nieve del invierno.  Al no comprender algún fenómeno, se lo atribuían a algo superior a ellos. 
Y esto es exactamente lo que seguimos haciendo hoy en día. Cuando no nos ha pasado que vamos caminando sin voltear a ver por donde vamos y nuestra bola de helado se cae al piso y decimos "¡Qué mala suerte!", o cuando falleció nuestro pez beta y legamos corriendo a notificarle la noticia a nuestro papá que nos da una palmada en el hombro y  dice "¡Qué lástima! Pero bueno, pasó a mejor vida". 
Aquí nos encontramos ante dos enormes misterios. 
La fortuna, diosa caprichosa que decide a veces concedernos casualidades estupendas, pero también puede dar un giro total y enviarnos catástrofes. Creemos en la fortuna, aleatoria e incontrolable, como una fuerza que decide lo que vendrá en nuestras vidas, también parecidos son el Karma o la suerte. Todos estos responden a nuestra necesidad de creer que hay alguna forma de prever lo que nos ocurrirá, y que los males que nos han ocurrido tienen una razón de ser.
 La muerte. Sigue y seguirá siendo el mayor misterio de la humanidad. En este ámbito si existen, cientos y cientos de creencias al respecto. Desde el paraíso hasta la reencarnación. Porque simplemente nos negamos a creer que desapareceremos después de que acabe nuestro tiempo de vida. ¿Qué tipo de calamidad es esa de otorgarnos el don de la vida para después quitárnoslo de las manos para siempre?
Así que le huimos a la muerte, tratamos de escaparnos a toda costa de ella. Con elixires que nos rejuvenecen, con oraciones, con poder, con dinero. Pero hay un muro esperándonos al final del camino, y todos vamos a terminar estampándonos con él. 

¿Pero qué pasaría si perdiéramos ese miedo? El miedo a no tener el control sobre lo que ocurre, el miedo a lo inevitable. No debemos permitir que el miedo sea el motor que nos lleve a creer en algo. 
Podríamos intentar canalizar esas creencias y convertirlas en ideas, a creer que puede que sea corto nuestro tiempo sobre la tierra, pero que podemos hacer que cada segundo sea infinito. 
Creer en la gente, creer en que podemos hacer las cosas mejor, creer que podemos cumplir lo que nos proponemos, creer en el lugar en el que vivimos y mejorarlo. 
Que no creamos por miedo a morir, si no por el deseo de vivir.

Porque "si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida."
                                                                                               -Pablo Neruda-


jueves, 13 de febrero de 2014

El Sentido Común

Que cosa tan disparatada es el sentido común. 

Son reglas invisibles, modelos de vida que nos habitan sin que seamos conscientes de ello. Un camino que vamos siguiendo a lo largo de nuestras vidas. 

Hubo una vez un camello. Este camello cargaba un enrome algo en su espalda, y caminaba hacia quién-sabe-donde cargando quién-sabe-que porque así le dijeron que debía hacerlo. Y el camello, sin cuestionarse, en un trance interminable seguía su camino, trazado por alguien más. 

Pero un día, el camello despertó. Y se dio cuenta que lo que iba cargando en su espalda era el sentido común. Pero no su propio sentido común, si no uno universal sucio e ilógico. Un sentido común cuadrado y sin juicio, impuesto por una mayoría y adoptado por el resto.   

Aterrado por la idea de tener que caminar sobre las huellas de millones de camellos por el resto de su vida cargando ideas prestadas, el camello se sacudió tan fuerte como pudo, y mientras el sentido común caía por sus costados, el camello comenzó a convertirse en un león. 

El enorme león, vio el sentido común desperdigado por el suelo alrededor de él. Y después de tratar de analizarlo y buscarle sentido, decidió hacerlo pedazos. Así que con la ayuda de sus feroces dientes y sus puntiagudas garras se dedicó a despedazar el sentido común prestado. Rompió los dogmas, arrancó los prejuicios y deshizo la ignorancia. Y cuando no quedaron más que pequeños pedazos de ideas sobre la arena, apareció un niño en el lugar del león.

El niño, con sus ojos bien abiertos, comenzó a caminar entre el laberinto de ideas que el león había dejado esparcido, agachándose de vez en cuando para tomar una u otra idea que le parecían importantes. Pues lo que el niño trataba de hacer era crear un nuevo sentido común. Uno a través del juicio, de la inteligencia, la percepción y la reflexión. Y por supuesto con la ayuda de viejas ideas, pero siempre abierto a nuevas maneras de actuar frente al mundo. 

Tal vez, en unos años el niño crezca y aplastado por la sociedad, se convierta de nuevo en un camello. Pero no debemos olvidar que el camello siempre puede cansarse, cuestionarse y decidir dejar de caminar el línea recta. Entonces vendrá el león y ,a su vez, volverá el niño. 

Con todo esto, quiero decir que no debemos de permitir que un solo sentido común sea el que dicte nuestras vidas. Debemos detenernos, cuestionarnos para saber si estamos haciendo lo correcto. Y como los niños, mantener nuestra mente abierta a diferentes maneras de percibir y de reaccionar ante la vida. 
Yo no quiero vivir en un mundo plagado de camellos.