Creer, Motor Humano
“Si cambiamos la forma de ver las cosas, las cosas cambian de
forma. Creer es crear”
-Filosofía Maya-
En la filosofía Maya, cualquier elemento externo a nosotros (los
animales, las cosas, las demás personas, la tierra, el cosmos…) se consideraba
que era poseedor de un corazón y que
por lo tanto gozaban y sufrían como nosotros (siendo nosotros el sujeto que está
percibiendo todo lo demás).
Consideraban al universo como una unidad.
En el texto de Fernández Christlieb, El Conocimiento Encantado,
nos menciona un tipo de Epistemología que resulta esencial y puede que sea
exactamente la base de el acto mismo de creer.
En la Epistemología del encantamiento, Christlieb habla de un
intercambio, un especie de acuerdo mutuo entre el sujeto y el objeto:
“Nosotros
somos la realidad, porque la realidad es nosotros entonces la vida se cumple,
tiene sentido, vale la pena por el solo echo de saber que uno pertenece a ella,
contribuye a ella (…)”.
Pero para lograr este intercambio, este entendimiento, es
necesaria una tregua entre sujeto y objeto. No se trata de simplemente pasar a
ser parte el uno del otro, es necesario atribuir al objeto una parte de
nosotros para así recibir parte de él, es creer
que el objeto es algo más que simplemente un ente ajeno a nosotros. Es, de
cierta forma, otorgarle vida. De la misma forma que los Mayas le otorgaban vida
a todo el universo, el acto de creer, es otorgarle sentido a cosas de carecen
de él.
Según la RAE, Creer es “Tener por cierto algo que el entendimiento
no alcanza o que no está comprobado o demostrado.”
Es esta misma cualidad la que nos caracteriza, la que nos vuelve
humanos. La capacidad de darle un sentido a las cosas, de atribuirles algo más
que lo que simplemente podemos percibir con nuestros sentidos.
Entonces, ¿Qué es lo que vuelve tan necesario el acto de creer en
algo?
Creer, no se reduce solamente a tener una fe religiosa, o creer en
un ente superior que tiene el control sobre la fortuna del universo, se puede
creer en ideas, en personas, en reglas invisibles, en el futuro, en una nación.
Son innumerables las cosas en las cuáles un ser humano busca
creer, pero ¿Para qué?
Porque necesitamos un sustento.
Lo explicaré de esta forma. A mitades del siglo pasado, aparece un
personaje que hará a la gente cuestionarse acerca de las razones de su
existencia. Jean Paul Sartre es un existencialista ateo, que se refiere a al
ser humano como un ser para la nada. “Los seres humanos estamos condenados a la
libertad”, refiriéndose a la libertad como un vacío en el cual flotamos desde
el primer momento que llegamos al mundo. No existe un razón específica por la
cual estemos aquí, ni una razón por la cual debamos seguirlo estando.
Esta sensación de angustia, este vacío es exactamente por lo que
los humanos sentimos la necesidad de creer en algo.
Por otro lado tenemos un diferente tipo de existencialismo el cual
se articula en la búsqueda de sentido. Soren Kierkegaard pensaba que cada
persona debe escoger su propio camino en el cual creer, descartando normas y
criterios universales o culturales.
“Debo encontrar una verdad que sea verdadera para mi… Por la que
pueda vivir o morir”.
Este tipo de existencialismo se acerca más al punto que quiero
probar, en el cual los seres humanos viven en una constante búsqueda, movidos
por lo que creen.
Los seguidores de Kierkegaard decían que las cosas más importantes
de la vida no son accesibles a la razón o a la ciencia. Por lo tanto, no pueden
comprobarse con un método científico, y a veces ni siquiera pueden ser vistas.
Y sin embargo, estos pilares invisibles, han sostenido a la humanidad desde sus
orígenes.
En un texto de Danièle Hervieu-Léger, nos es explicado cómo ha
evolucionado la forma de creer de las personas, y cómo funciona hoy en día la
fe de los seres humanos.
Aquí es dónde nos encontramos caminando sobre hielo fino.
En este mundo globalizado, todos nos hemos vuelto un híbrido de
culturas. Lo podemos notar desde nuestro aspecto físico dictado por la
publicidad estadounidense y europea, nuestro régimen alimenticio que es una
combinación entre la comida local, fideos chinos y pasta italiana; o también
nuestra manera de pensar, influenciada fuertemente por el cine y el internet.
Todos estos cambios no nos afectan solo superficialmente, nos
hemos vuelto también un combinación de creencias. Podemos celebrar la navidad,
pero también ir a clases de meditación budista y leer revistas acerca del feng
shui. Estamos bombardeados por infinidad de modelos de vida, creencias y
corrientes filosóficas. Nos encontramos frente a un acordeón de opciones
interminable, el problema es que aquí pasa algo parecido a lo que hablaba
Sartre acerca de las opciones infinitas de las personas, estamos condenados a
esta libertad abrumadora en la que si todo tiene valor, si todas las creencias
son válidas, por lo tanto ninguna lo es. Entonces nos estamos convirtiendo en
unos seres nihilistas, confundidos y abrumados por la carencia de sentido en
nuestras vidas aparentemente superficiales, forjadas por una cultura homogénea
y difusa.
Hay una historia, que resulta ser una de mis favoritas, que podría
aclarar un poco más el tema de la confusión que nubla nuestro horizonte.
En
La Historia Interminable, Michael
Ende relata la historia de cómo dos personajes, Bastian un niño callado y
soñador, y Atreyu un niño que vive dentro de una historia en un mundo llamado Fantasía
deben juntos salvar a la Emperatriz Infantil, la suprema autoridad en Fantasía.
Un extraño mal que llaman la nada se
está esparciendo por todo Fantasía arrasando con paisajes y habitantes, pero
este mal no solo está acabando con Fantasía, si no que al mismo tiempo está
poco a poco quitándole la vida a la Emperatriz Infantil.
Encontré un extracto de un parte de un capítulo en el cual Atreyu
se encuentra hablando con Gmork, un hombre lobo encadenado en un pueblo
desolado mitad comido por la nada.
“- Fantasía no tiene
límites...
- Eso no es
cierto, ¡mientes!
- Niño
tonto, no sabes nada de la historia de Fantasía. Es el mundo de las Fantasías
humanas. Cada parte, cada criatura, pertenecen al mundo de los sueños y
esperanzas de la humanidad. Por consiguiente, no existen límites para
Fantasía...
- ¿Y por
qué está muriendo entonces...?
-Porque los humanos están perdiendo sus esperanzas y olvidando a sus sueños. Así es como la Nada se vuelve más fuerte.
- ¿Qué es
la Nada?
-Es el
vacío que queda, la desolación que destruye este mundo y mi encomienda es
ayudar a la Nada.
- ¿Por qué?
-Porque el
humano sin esperanzas es fácil de controlar y aquél que tenga el control,
tendrá el Poder.”
Entendamos que Fantasía es la mente y la
memoria de cada uno de nosotros, donde almacenamos todo lo que somos, lo que
soñamos, lo que creemos. Un reino donde la Emperatriz Infantil somos nosotros
mismos.
El problema es que, cuando empezamos a
renunciar en nuestros sueños, a no creer en nada ni en nadie, a perder la
esperanza, es cuando la nada comienza
poco a poco a apoderarse de nosotros. No solo le borra lentamente el sentido a
nuestras vidas, y nos hace caer en un vacío y una confusión angustiantes, también
nos está matando a nosotros.
Acabamos por convertirnos en unas carcazas
vacías, manipulables y corruptibles.
Por esta razón los medios de comunicación y la
publicidad pueden dictar nuestra forma de vernos, de pensar o de actuar.
Si no tenemos sueños ni esperanzas, entonces no
creemos en nada, y no hay ningún tipo de principios ni de moral que no podamos
cambiar según como la situación nos convenga.
Esto nos hace sentirnos inestables, buscamos
sustento en cosas que a final de
cuentas son volátiles, otras veces se puede caer en fanatismos, donde hay un
líder que es el único que piensa y cree en algo, mientras que todos sus
seguidores son, como lo dije antes, carcasas vacías listas para que el mejor
postor llegue a llenarlas de lo que se le antoje. O en el peor de los casos, la
vida tiene tan poco sentido, que simplemente decidimos que no vale la pena
seguir viviéndola.
Entonces volvemos a la misma pregunta que en un
principio ¿Es necesario creer en algo?
Yo opino que sí. Pero hay algo que debe quedar
claro, creer no es simplemente cogerse de una idea para evitar caer en la nada. Tampoco se trata de que el que
tiene la mayor colección de prácticas religiosas, filosofías, sueños y maneras
de pensar estará viviendo una vida feliz y llena de sentido.
No hay una forma correcta y universal de creer,
ni una creencia más valida que otra. Es tal y como lo diría Geertz acerca del
sentido común, depende de numerosos factores de contexto y evidentemente del
sujeto que esté emitiendo el juicio.
Creer es un reflejo de nosotros mismos, el acto
de la fe, comienza con algo que resulta evidente pero a la vez difícil de ver a
simple vista: creyendo en nosotros mismos.
Si creemos en nuestros sueños, en nuestras
esperanzas y en nuestros deseos, si creemos en nuestro futuro, en las demás
personas, en nuestra libertad entonces estamos forjando una creencia auténtica,
que sale de nuestra esencia.
Y creo que puedo entender esto como algo
parecido a lo que hablaba Kierkegaard acerca de encontrar una idea por la cual
podríamos vivir o morir.
Yo soy una estudiante de arquitectura, apenas
tengo diecinueve años, y considero que aún estoy pasando por un proceso en el
cual estoy definiendo qué es en lo que creo.
Hace algún tiempo, comencé a cuestionarme mucho
acerca del sentido que tenía mi vida. No digo que no lo siga haciendo de vez en
cuando, creo que es bien sabida la inestabilidad emocional de una persona de mi
edad. Pero creo que después de tremendas reflexiones, confusiones y de vez en
cuando angustias, comprendí que el sentido de la vida era algo mucho más fácil
de lo que creía.
Empecé primero, por creer en que lo efímero y
lo simple, era casi siempre lo más hermoso.
Mi flor favorita es el tulipán, y siempre había
querido que alguien me regalara un tulipán. Finalmente un día recibí mi primer
tulipán, era precioso, de tonos anaranjados que se obscurecían conforme se
acercaban a la punta de los pétalos. Contrastaba perfectamente con su tallo
verde claro y se veía de maravilla sobre mi escritorio a un lado de mi silla
anaranjada. Dos días después, llegué de la escuela y me acerque a revisar mi
tulipán, y cuando le pase un dedo encima un pétalo para acariciarlo, todos los
pétalos cayeron al piso.
La misma sensación que cuando sentía una
punzada en el corazón porque veía un atardecer impresionante desparecer
arrastrado por la noche, o cuando veía lo que pareció ser en su época una
hermosa casa, estar ahora abandonada y llena de grafitis.
Pero fue cuando vi los pétalos anaranjados
esparcidos por el piso que comprendí que el tiempo de la flor había terminado,
pero que durante los dos días que estuvo decorando mi cuarto, me llenaba de una
sensación agradable, algo que me hacía querer sonreír.
Yo creo en que todo tiene su lugar en el
espacio y el tiempo, y si decidí ser arquitecta, es porque creo que es un
manera de expresar lo que creo, porque la arquitectura es un pedacito de
espacio que evidencia el paso del tiempo. Lo congela, y en silencio le cuenta
su pasado a quien quiera que la recorra.
Supongo que de esto se trata creer, en darle un
sentido a la vida y que a su vez la vida nos de un sentido a nosotros. Nos
movemos por esperanzas y sueños, y en lo que creemos, es nuestro motor, que nos
hace avanzar sin perder de vista lo que buscamos, ni siquiera cerrando los
ojos.
Y mientras tengamos algo en que creer, este
motor nunca va a detenerse.
"Las pasiones humanas son un misterio, hay
gente que se pasa la vida escalando montañas sin poder explicar por qué."
-Michael
Ende-
María Inés
Vachez Palomar
Bibliografía y Fuentes:
-El Conocimiento Encantado, FERNANDEZ CHRISTLIEB Pablo.
-El Sentido Común como Sistema Cultural, GEERTZ Clifford
-Algunas Paradojas de la Modernidad Religiosa, HERVIEU-LÉGER Danièle
-La Historia Interminable, ENDE Michael