domingo, 16 de febrero de 2014

Vida Transparente

"El ser humano cree como respira: Para sobrevivir."

La mayor diferencia entre un ser humano y los demás animales, es su conciencia. 
Está consciente de que piensa, de que siente, de que recuerda e inventa. Al ser poseedores de tal grado de conciencia, nos sentimos abrumados. 
Está en nuestra naturaleza cuestionarnos, tratar de entenderlo todo, pero cuando nos damos cuenta que la vida es un misterio, que el espacio y el tiempo son algo efímero e intangible, sentimos que estamos flotando en el vacío. Nos asustamos, ¡nuestra existencia debe de tener algún sentido! O al menos eso queremos creer... 
¿Qué es creer en algo? Es depositar nuestras esperanzas en algo, en alguien. Es una idea que nos hace sentir que cuando cerramos los ojos no desapareces, tenemos un lugar en el mundo y una razón para habitarlo. 
Desde el principio de los tiempos, los humanos han creído en fuerzas sobrenaturales que traían la lluvia a sus campos, que lanzaban relámpagos por las nubes o que derretían la nieve del invierno.  Al no comprender algún fenómeno, se lo atribuían a algo superior a ellos. 
Y esto es exactamente lo que seguimos haciendo hoy en día. Cuando no nos ha pasado que vamos caminando sin voltear a ver por donde vamos y nuestra bola de helado se cae al piso y decimos "¡Qué mala suerte!", o cuando falleció nuestro pez beta y legamos corriendo a notificarle la noticia a nuestro papá que nos da una palmada en el hombro y  dice "¡Qué lástima! Pero bueno, pasó a mejor vida". 
Aquí nos encontramos ante dos enormes misterios. 
La fortuna, diosa caprichosa que decide a veces concedernos casualidades estupendas, pero también puede dar un giro total y enviarnos catástrofes. Creemos en la fortuna, aleatoria e incontrolable, como una fuerza que decide lo que vendrá en nuestras vidas, también parecidos son el Karma o la suerte. Todos estos responden a nuestra necesidad de creer que hay alguna forma de prever lo que nos ocurrirá, y que los males que nos han ocurrido tienen una razón de ser.
 La muerte. Sigue y seguirá siendo el mayor misterio de la humanidad. En este ámbito si existen, cientos y cientos de creencias al respecto. Desde el paraíso hasta la reencarnación. Porque simplemente nos negamos a creer que desapareceremos después de que acabe nuestro tiempo de vida. ¿Qué tipo de calamidad es esa de otorgarnos el don de la vida para después quitárnoslo de las manos para siempre?
Así que le huimos a la muerte, tratamos de escaparnos a toda costa de ella. Con elixires que nos rejuvenecen, con oraciones, con poder, con dinero. Pero hay un muro esperándonos al final del camino, y todos vamos a terminar estampándonos con él. 

¿Pero qué pasaría si perdiéramos ese miedo? El miedo a no tener el control sobre lo que ocurre, el miedo a lo inevitable. No debemos permitir que el miedo sea el motor que nos lleve a creer en algo. 
Podríamos intentar canalizar esas creencias y convertirlas en ideas, a creer que puede que sea corto nuestro tiempo sobre la tierra, pero que podemos hacer que cada segundo sea infinito. 
Creer en la gente, creer en que podemos hacer las cosas mejor, creer que podemos cumplir lo que nos proponemos, creer en el lugar en el que vivimos y mejorarlo. 
Que no creamos por miedo a morir, si no por el deseo de vivir.

Porque "si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida."
                                                                                               -Pablo Neruda-


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